Unschooling: lo que nadie te cuenta

Madre e hijo sumergidos en la piscina, mientras ella lo sostiene de la mano.
¿Qué haces cuando ves claro el beneficio y tu hijo dice que no? Una clase de natación me enseñó lo más difícil de acompañar.

Hace unos meses inscribimos a Enzo en clases de natación. Antes de apuntarlo le consultamos y le pareció buena idea, así que seguimos adelante con todo: la matrícula, los pasajes, las meriendas y los implementos. Y cuando digo implementos, digo todos: lentes, gorro, protector solar, sandalias, tabla de flotación, churro flotador… hasta jaboncito y champú para las duchas. Lo organizamos con mucha ilusión.

Después de la segunda clase, Enzo decidió que eso no le gustaba. Que lo odiaba.

Y ahí estaba yo, con la inversión hecha y un niño que no quería volver.

¿Qué hacemos cuando vemos claro el beneficio y ellos dicen que no?

Mi primer impulso fue convencerlo. Le hablé de lo importante que es saber nadar, de lo útil que sería y de lo divertido que podía llegar a ser.

Y no te voy a mentir: una parte de mí pensaba en todo lo que ya habíamos invertido.

Pero había otra parte, más honda, que pensaba: no quiero enseñarle a renunciar. Quiero que aprenda a enfrentarse a cosas difíciles y a superarlas. Quiero que sea fuerte.

Entonces lo miré. Mi niño estaba llorando, estresado, angustiado. Y entendí algo que me costó aceptar: esto no se trataba de lo que yo quería. No era mi tiempo ni mi ritmo.

Lo solté.

Lo que pasó dos semanas después

Dos semanas más tarde fuimos a una mañana de piscina en familia, con los primos. ¿Cuál fue mi sorpresa? Enzo estaba feliz intentando nadar solo. Tenía su flotador y lo veía sumergirse, impulsarse, dar vueltas. Simplemente estaba disfrutando.

Nadie le estaba exigiendo nada. No había silbato, ni entrenador, ni una carrera por alcanzar el ritmo de otros, ni presión, ni miedo. Era él, el agua y sus ganas. Creo que ahí empecé a entender qué fue lo que no le gustó de aquella clase.

Y ahí entendí dos cosas.

La primera: esto realmente se trata de respetar su ritmo y sus intereses.

La segunda, que es la que más incomoda: no se trata de lo que yo quiero. Es su vida. Y a mí me toca aprender a apartarme, hacerme a un lado y ver que fluya.

Lo que nadie te cuenta del unschooling

Se habla mucho de lo bonito de este camino. Los niños son la brújula, ellos son el currículo, y eso emociona porque cada día nos sorprenden. Todo eso es cierto.

Pero casi nunca se habla de lo que nos exige a nosotras.

Acompañar y dar libertad son la base de este estilo de vida, y también lo más desafiante. Nos pide soltar expectativas. Nos pide replantearnos lo que dábamos por «normal» o «correcto». Nos pide aprender otra manera de aprender, sobre todo a quienes crecimos dentro del sistema y no conocimos mucho más.

Pero no es solo eso.

Estamos criando niños que desarrollan su pensamiento crítico, que aprenden a tener autonomía, que descubrieron que tienen voz. Y qué lindo es eso, ¿verdad? Hasta el día en que esa voz dice «no» a algo que para nosotras está clarísimo.

Vemos los beneficios, las ventajas, lo que podría aportarles. Y aun así ellos deciden que ese no es el camino que quieren seguir. Ahí el unschooling deja de ser una idea bonita y se vuelve práctica diaria.

Acompañar no es desentenderse

Lo más incómodo es esto: a veces acompañar significa quedarnos al lado mientras vemos que se están equivocando, o lo que nosotras creemos que es un error. Y sentimos el impulso de corregir, de intervenir, de evitarlo.

Acompañar no es desentenderse. Es estar cerca, disponibles, sin tomar el volante.

Tampoco creo que soltar aquella clase fuera enseñarle a renunciar. Enzo no renunció a nadar: renunció a esa clase, en ese momento, a ese ritmo. Dos semanas después estaba en el agua, por decisión propia, feliz.

Esto es lo que nos ha funcionado a nosotros. No digo que sea la única forma de hacerlo. Pero cada vez siento más que la fortaleza que yo quería para él no se construye empujando, sino confiando.

Para cerrar

Creo que el unschooling, antes que una forma de educar a los niños, es una forma de aprender nosotras. A hacernos a un lado. A soltar el control. A confiar en que es su vida y en que nuestro lugar es acompañar.

No siempre es fácil. A mí todavía me toca practicarlo.

Y a ti, ¿Cuál ha sido tu momento más difícil de soltar? ¿Qué te enseñó?

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