Mirar diferente: lo que un corte de luz me enseñó sobre criar

El día que un corte de luz nos sacó a caminar
Ese día hubo un corte de luz programado. Se imaginarán a Enzo: sin compu, sin internet, sin música. Un desierto para un niño que vive conectado a sus intereses digitales. Eran como las once de la mañana, un sol resplandeciente, y yo todavía en pijama, cuando él me dijo: "me gustan los días soleados". Y quiso salir a caminar.
Todo mi ser me decía quédate en casa. Pero me cambié, armé la mochila —una manta, un libro, una botella de agua— y salimos a "explorar".
Salir sin ganas: cuando el entorno no ayuda
Debo confesar que no salí con los mejores ánimos. No es mi plan favorito, sobre todo en esta zona: pocas áreas verdes, mucha tierra, basura, casi ningún árbol. Yo sueño con mi momento perfecto —césped, la sombra de un árbol, una manta de picnic y un libro para leer con Enzo— pero una cosa soñamos y otra nos toca vivir. Y eso, a veces, me desanima más de lo que quisiera admitir.
En la calle lateral de nuestra manzana hay un espacio que hasta hace poco era solo un terreno baldío. Desde hace meses, los mismos vecinos le están sembrando plantas, intentando hacerlo más verde. Pero sigue abundando la suciedad, el descuido. Esa era mi mirada.
La de Enzo era otra. Él veía el progreso en la forestación. Y eso me detuvo por dentro. Me hizo darme cuenta de algo: debía cambiar la mirada.
El ejemplo, la lección que más enseña en la crianza
Ese contraste entre su mirada y la mía me llevó más profundo. Cuando nos convertimos en madres —o padres— algo que se vuelve inherente al cargo es la autoexaminación que abre paso a la transformación. Y si algo he aprendido de primera mano es que puedo decir "misa", puedo recitar instrucciones larguísimas, dar explicaciones maratónicas, explayarme en sermones sobre valores y buenos hábitos. Pero nada cala tan profundo, ni tiene resultados tan efectivos, como mis propias acciones sirviendo de modelo. Ese mírame y replícalo —aunque no se diga, aunque no lo tengamos muy entendido— es la fórmula del éxito, o del fracaso, según lo que decidamos modelar, en esto de la maternidad, y por consiguiente en la crianza y el aprendizaje libre, que para mí nunca han sido cosas separadas.

Cuando el ejemplo falla: una noche de Duolingo
Y esto no es teoría. Unas noches antes, Enzo me acompañaba a hacer Duolingo. Una lección de ajedrez, que por cierto fallé. Y en medio de la frustración se me escapó un: "¡eso me pasa por estúpida!". Solo Dios sabe cuántas veces he apretado los labios para frenar frases así frente a él. Pero esta vez no me contuve, y ahí quedó, suspendida en el aire, esa frase fea, despectiva, hiriente. Esa frase que "no se dice."
Mi hijo, que ha escuchado hasta el cansancio que debemos hablarnos con amabilidad porque el cerebro se cree todo lo que decimos, de inmediato me lo recordó. Y me sentí mal. Porque rompí la regla. Porque fallé en mi trabajo de ser la mamá que es un buen ejemplo. Me disculpé, reconocí mi falta, admití que él tenía razón.
Los cristales empañados de nuestra propia infancia
Así que esa mañana, bajo el sol, escuchando su mirada optimista sobre un terreno que a mí solo me parecía descuidado, entendí algo más grande: si deseamos que nuestros hijos vean el mundo con optimismo, con alegría, con ternura y respeto —esa emoción que solo cabe en un corazón de niño— entonces tenemos que empezar nosotros por mirar así. Ponernos esos lentes primero. Porque muchas veces nuestra mirada viene con los cristales empañados de nuestros propios miedos, traumas y heridas de infancia.
A veces nuestra mirada viene acompañada de aquel soundtrack que escuchábamos de niñas: no sirves, no eres suficiente, eres estúpida. Y seamos sinceras, eso duele. Es un dolor que llevamos grabado a fuego en la mente y el corazón. Por eso cambiar la mirada nos cuesta. Pero sabemos que esa mirada, y ese soundtrack, no tienen cabida en esta crianza que elegí.
Ser yo, en mi mejor versión
Y ahí recuerdo lo que he decidido desde siempre —un siempre medido en el tiempo de Enzo—: hacerlo diferente. Ser diferente. Dar lo que no tengo, lo que no me dieron, lo que apenas puedo imaginar en mis sueños infantiles más locos. No se trata de ser otra persona. Se trata de ser yo, pero no como he sido siempre. Ser yo, en mi mejor versión.
Y con esos ojos de autoexaminadora miro todas las áreas donde quiero que él sea grande, que sea feliz, que se sienta pleno. Miro mi hábito de saludar a desconocidos, porque así él aprende a saludar sin importar a quién. Miro mi autocontrol ante un autobús o tren superlleno, porque la incomodidad también es algo que se puede superar. Miro que si quiero que él lea, yo debo retomar mis propios hábitos de lectura —que no dejé por falta de amor, sino por falta de tiempo. Me esfuerzo en salir a tomar el sol, a caminar, a respirar aire puro, porque ¿cómo puede él llevar una vida saludable si eso no forma parte de nuestro día a día?
Me detengo a disfrutar la vista que antes veía a través de un cristal sucio, y que ahora, gracias a él, me deja observar unas hojas que van cambiando de color, un fruto que nunca había visto, un árbol que no sabía que daba frutos, una florecita creciendo al pie de una vieja banca de madera.
Lo que Enzo vio, y yo casi me pierdo




El árbol que encontramos, al final del camino
Esa mañana caminamos varias cuadras buscando un árbol que nos diera sombra. Pasamos por otros parques, otras plazas, hasta llegar a uno que está a pocos minutos de casa: áreas verdes descuidadas, que no se deben pisar, cercas rotas y caídas. Y ahí, a eso de las once y media, encontramos un árbol, césped y un poco de sombra. Extendí la manta, nos echamos, y leímos el capítulo dos de Veinte mil leguas de viaje submarino. Fueron diez, quizás quince minutos. Pero valieron la pena.

De regreso a casa, paramos por un heladito en la panadería. Para él, fue perfecto.
Y tal vez el amor sea así: no perfecto, pero suficiente. Ese amor que me transforma, me dobla, me ensancha, me empuja a mirar diferente —es el mismo que le permite a él crecer siendo su mejor versión.
¿Y tú? ¿Qué mirada estás dispuesta a cambiar primero?



